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Debió ser una sorpresa impresionante y, más que una sorpresa, un ahogo la primera vez que un ser se contempló a sí mismo en una radiografía. Sus huesos, sus órganos, ese planeta desconocido del cuerpo humano reflejaba su interioridad, manifestaba su ser, su eje en la columna vertebral, sus huesos, sus órganos y la enfermedad que lo aquejaba, que se veía como manchas en la placa emulsionada de los rayos x. Sí, debió ser una sorpresa fascinante pasar de mirarnos en el espejo viéndonos el rostro y el cuerpo, como la superficie del mar que somos, a meter la cabeza bajo el agua de la piel y comprobar el recorrido del alimento que tomamos y el latido sonoro del corazón que nos late. Esa es la radiografía del cuerpo, la que podemos hacer al organismo en el que habitamos.

Pero nosotros somos otra cosa: somos los viajeros que habitan ese organismo, somos los que aterrizamos un día al planeta realidad desde la nave de nuestro cuerpo. Un día, sin saber cómo ni por qué, nos encontramos en una nave nodriza llamada placenta y escuchamos el sonido del mundo a través del eco de nuestro primer llanto. Pero ¿Quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿de qué materia está hecho el planeta al que hemos llegado que nos borra el recuerdo de nuestra identidad? Cada vez avanzamos más y más hacia el olvido, pero un día algo nos duele en el espíritu, algo se resquebraja  y de la semilla inmaterial que yacía sepultada en la profundidad de nosotros mismos empieza a brotar la planta de una identidad hasta ahora desconocida y, paradójicamente, sentida. Así, somos radiografiados en el espíritu  y emulsionados en un estado de gracia, donde empezamos a ver el tallo, las flores y los frutos que emergen desde el silencio profundo, más allá aún de lo profundo.

Entonces, nos volvemos a preguntar ¿Quién soy? y al hacernos la pregunta todo gira en un caleidoscopio alocado, fragmentándonos de mil maneras. Continuamos preguntándonos ¿Quién soy? y se diluyen las formas, haciéndose sustancia inmaterial. Y otra vez, ¿Quién soy? y la respuesta se va ampliando con más comprensión en cada giro, espiral que nos une más con cada vuelta desde el silencio hacia el Todo, Vacuidad Inteligente.

Más sorprendidos y perplejos que ante la radiografía en la que los rayos x nos manifiestan la patología de un órgano físico, alcanzamos entonces a entender cuál es la patología que nos impide latir con el Espíritu que nos habita, la del auténtico ser que somos, y se nos va aclarando la respuesta a la continua pregunta de quién soy.

Diagnosticados con los rayos x de la gracia, encontrados en el Encuentro, llevamos junto con el diagnóstico la medicina que nos permite el regreso a Casa, que quizá sea la misma de la que nunca salimos, pero desprovistos ya de disfraz, sabiéndonos quién somos. Entonces podremos comprender que era necesario partir para Volver.

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