contemplacion

¿Qué se entiende si decimos que necesitamos tiempo y espacio para ser? Nada, no se entiende nada y, lo que es peor, se malinterpreta. Quitarle tiempo al tiempo de estar con los amigos, en las tertulias, en los encuentros en la escalera o en el paseo, parece un gesto de egoísmo, de rareza, casi de hostilidad o de falta de sociabilidad.

Y no es eso, más bien todo lo contrario. No es lo mismo el egoísmo que el abismarse. Lo primero es ser centro, vertebrar el mundo con nuestra visión, encerrar los comportamientos y las actitudes en la cárcel de nuestro juicio. Lo segundo es olvido de sí, introspección, búsqueda, es apertura del sí mismo a SI MISMO.

Cuando alguien reclama nuestra presencia podemos decir que nos resulta imposible ir o estar porque hay alguien cercano enfermo, porque nos espera la suegra, porque estamos a tope de trabajo. Estas disculpas son entendidas y aceptadas con condescendencia y simpatía. Sin embargo, si decimos a ese alguien que reclama nuestra presencia que no podemos estar o atenderle en ese momento porque estamos a tope de ruido, a falta de silencio interior, a expensas de aquietarnos, necesitados de cura contemplativa o de soledad sanadora, entonces no se nos entiende, se nos tilda de raros o de insociables, aunque llevemos dibujada en la cara la sonrisa del corazón. Algunos más osados o perspicaces conciben esta interioridad como cosa de monjas, frailes o eremitas y se preguntan sarcásticos para qué sirve ser contemplativa.

No se entiende el lenguaje de la espiritualidad, a lo más se la relega a un monasterio o a un credo. Pero sí se entiende el lenguaje de estar desquiciado, grillado, angustiado, estresado, temeroso, inquieto, desasosegado…, lenguaje de lo cotidiano exterior.

El lenguaje de la espiritualidad es el de ese hombre/mujer interior que crece en lo más profundo cuando se distancia de lo externo, de las máscaras y del ruido. Ese hombre/mujer interior que no pugna por el espacio de otros, sino que reivindica el de su propia interioridad; que no exige el tiempo de otros, sino que busca que el tiempo del reloj sea el del corazón marcando el sereno ritmo del Amor y de la vida que fluye libre de nosotros para ser en nosotros Vida. Dejar de ser autómatas para ser artesanos de nosotros mismos, utilizando las coordenadas del tiempo y del espacio para reconstruirnos el ser que la prisa y la intemperie, a la que estamos sometidos, ha ido derruyendo.

Nunca es tarde para reivindicar el momento de sernos, de observarnos respirar el aire de los bosques que nos sacraliza con texturas y sonidos, o el de las montañas que nos transparenta de paisaje, o el del mar que nos amplía de horizonte. Nunca es tarde para sentir la vida como un santuario que requiere de tiempos y espacios para sentirla dentro y fuera de nosotros.

Tiempos y espacios para sentir la melodía de la sangre sin coágulos ni arritmias anímicos en el Grial de lo cotidiano. Tiempo y espacio para ser con nosotros sin nosotros, sin ruido ni preocupaciones, para escuchar y ver los pasos que aún no hemos dado, mientras dejamos que nos ande el Camino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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