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Cuando no se es sincero con uno mismo, no se puede ser fiel ni leal con los demás, porque no se es fiel ni leal a sí mismo. La verdad de la máscara oculta la verdad de su portador, la esconde hasta que el enmascarado se confunde con la máscara.

Ser sincero implica tener respeto hacia uno mismo con relación al respeto debido a los demás. Es abrirse con sencillez no fingida, con franqueza no elaborada. Es relacionarse cara a cara, no máscara a máscara. Es, lisa y llanamente, acoger las luces y las sombras que somos, sin recovecos en el corazón.

Solo siendo sinceros, desenmascarados del ego-personaje que representa su propio papel en la vida, podemos ser fieles. Fiel como la aguja de la balanza donde se pesan nuestros actos, nuestros miedos, nuestras culpas, nuestras sombras. Fiel que ha de señalar el equilibrio de los pesos de nuestros actos y emociones en un platillo de la balanza, mientras en el otro se depositan nuestras doctrinas y convicciones. Fiel que se inclina a un lado u otro cuando se desequilibra la verdad. Entonces llega la máscara, con la que nos engañamos, para equilibrar la partida de la culpa y del desasosiego. Pretendemos ser fieles a los demás jugando al escondite con nosotros mismos.

Solo siendo sinceros, desenmascarados del ego-personaje que representa su propio papel en la vida, podemos ser leales. Leales de palabra, de obra, de pensamiento, acuñando en el alma, con verdad, nuestros ideales, nuestros sentimientos, nuestras inquietudes.

Vamos llenando nuestra alma del tesoro anhelado sin darnos cuenta de que está mezclado con el tesoro fingido; que acuñamos moneda falsa y, en nuestra ilusión de máscara, nos parece que destella en nuestro interior el tesoro de nuestras elecciones, de nuestras doctrinas, que no son más que el latón del miedo y la arrogancia.

Somos sinceros, somos fieles, somos leales en la máscara. Llevamos al yo tan bien vestido con el disfraz correspondiente que ya es epidermis de nuestro culto, dermis de nuestra alma.

Me pregunto a quién de mí la máscara permite que viva; me pregunto qué ser de mi ser es el mago de las transformaciones; me pregunto qué miedos beatifican la sonrisa para engañar al alma santa de la realidad de la muerte y del pozo de la vida, donde vive la máscara que nos cubre.

Llevo años palpándome las aristas del gesto, de la mirada, de la sonrisa. Llevo días mirándome en los espejos de la memoria, en las diferentes estancias del recuerdo tan llenas de espejos que forman y deforman mi figura interior. Busco mis sombras, busco arrebatarle al impostor que me vive su armario de disfraces.

Un Espíritu de Verdad, Fidelidad y Lealtad abrió las puertas de la conciencia y, fugazmente, vi quien soy. Soy muerte y tránsito; soy Nada consciente; soy Vacío Vivo; soy no-Soy: ese el pánico del ser que se cree ser la identidad de su máscara. Da igual si el disfraz social es de ladrón, ejecutiva, párroco o viuda o si se combinan en las etapas de la vida las máscaras de los diferentes egos con que afrontamos la costumbre.

Da igual. Por eso solo busco la nada incipiente, el vacío naciente que se va manifestando en el funeral de las máscaras para verme en el espejo de Dios, solo ser sin ser, solo ser sin Dios, solo ser sin sombras.

 

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