Quiso-caminar-sobre-el-agua-como-jesus-y-se-ahogo2

Hace muchos años, allá por el año 1995, hice mi primer viaje a Tierra Santa. En la nebulosa de la memoria donde se confunden recuerdos, imágenes y sensaciones, una por encima de las demás aparece nítida, se abre en lo más profundo de mi mente y de mi corazón y aún me sobrecoge cuando la recuerdo. Estaba frente al lago Tiberiades. Jesús había caminado por sus aguas casi dos mil años antes. Recordé el Evangelio de Mateo 14:28-31 cuando Pedro salió a su encuentro. Abandonando la barca y dando los primeros pasos sobre la superficie líquida del lago, tuvo miedo. En ese instante de duda, se hundió ante la mirada atenta de Jesús, que se aprestó a tenderle su mano. Suenan en mi corazón aquellas palabras: hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?

En Galilea aquel era un día plomizo de agosto. Los tonos grises y plata destilaban una extraña pesadez. El bochorno fatigaba el cuerpo, al tiempo que llenaba la vista con los destellos del sol sobre el agua, cuando se abría paso entre las nubes.

Al atardecer, desde la ventana del hotel, seguía contemplando el lago. No puedo definir cuánto tiempo estuve en ese eterno presente, hasta que atenazó todo mi ser una angustia sofocante cuando, ya caída la noche, los ojos de mi alma veían a Jesús caminando sobre las aguas arrastrando las pesadas cadenas de la religión que lo ha esclavizado. ¿Cómo es posible que de una vida tan llena de amor y de fraternidad haya podido surgir tanta vileza, tanta crueldad, tanto afán de poder, tanto asesinato en nombre de un Dios que justamente fue el que se enfrentó al Dios de la ley para ser uno más en el corazón de los hombres?

Llevo muchos años apartada de la religión, de la religión establecida, de los dogmas y doctrinas que forman las cadenas que Jesús arrastraba sobre las aguas. Y en todos estos años no he perdido ni un ápice de devoción y fraternidad con ese Jesús de Nazaret que proclamó Yo soy la verdad para abrirnos el camino y ser nosotros también verdad en la Verdad, en la Unidad, en la no-dualidad.

La espiritualidad profunda de los seres maduros necesita recuperar a Jesús de Nazaret y librarle de las cadenas con que la iglesia le tiene oprimido y secuestrado. Vivir el cristianismo de Jesús que se hace Cristo, seguir el ejemplo de cristificarnos en la unión con la Realidad desde nuestra realidad profunda, que es lo que Jesús decía cuando pronunció sed uno como el Padre y yo somos uno (Juan 10:30)

Este es el camino de la libertad en el Espíritu. El camino de una cristianía que en lo más profundo y esencial se une con lo más profundo y esencial de todas las religiones.

Cuando ayer comencé a leer Cristianos más allá de la religión de Enrique Martínez Lozano, sentí una profunda gratitud hacia el autor, quien se manifiesta a lo largo de las páginas del libro como profundo conocedor de la espiritualidad de Jesús, como conocedor del Misterio de lo Real que se va desvelando en nosotros; y que pone el acento en algo fundamental que ya dijo Simone Weil: “Lo malo del falso dios es que nos impide ver al verdadero”. Y en algo no menos fundamental que dijo Nisargadatta: “Entre usted y Dios no hay espacio para un camino”.

Es hora de comprender que somos la verdad en la Verdad, que somos el camino en el Camino, que somos en quien Es. Y ese ser en Dios no tiene un templo de piedra porque la misma vida sobrenatural en que se manifiesta es el Templo al que solo podemos entrar desde el Corazón de nuestro corazón.

 

 

 

 

Anuncios