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Me voy, aDios. No es una despedida, señalo el lugar al que voy: a Dios. Estoy cansada de locos matando gente en nombre de su propia barbarie, aunque digan que es en nombre de un dios que pide que mueran los infieles. ¿Quiénes son los infieles? O, mejor, ¿quiénes son los fieles, a qué, a qué dios?

No, no es ese dios mi destino. Ese está en el mundo y yo me voy de vacaciones a descansar del mundo y de sus dioses. Yo voy a Dios. Mi destino es Dios, por eso me voy a lo más puro de mi misma, al silencio sin juicios ni prejuicios, a la Realidad sin fronteras.

Llevo un libro de lectura, El Dios de las mujeres de Luisa Muraro. Y llevo también una brújula, el Libro de las visiones y revelaciones de Juliana de Norwich en la edición de María Tabuyo, y, lo confieso, estoy enamorada. Amo el Amor que late en el Jesús Madre de Juliana, amo la valentía de ser mujer a pesar de las hogueras clericales, amo la esperanza porque todo está bien y todo acabará bien, como decía Juliana en el siglo XIV.

No se puede ir mejor equipada para irse de vacaciones del mundo. El Dios de las mujeres nos adentra en la mística de ayer que es agua fresca y camino en el hoy que necesitamos reescribir.

Cuando hace un mes asistí al seminario que la teóloga Adelaide Baracco impartía sobre Juliana de Norwich en el Monasterio de Trinitarias de Suesa, no imaginé el horizonte tan luminoso que se me iba a abrir, ni que en mi interior iba a orquestarse una sinfonía de plenitud y de transgresión desde el amor, de la mano de una mística medieval.

Y aquí estoy, de vacaciones del mundo en el Dios de las mujeres, en el Dios de la mística que es paisaje de Amor y de Esperanza en una Realidad que empieza a descubrirse por encima de esta realidad entumecida de bárbaros, de dogmas, de poderes, de mentes enfermas y corazones oscuros

Las mujeres empezamos a despertar al mundo de su pesadilla. Las místicas de ayer nos tienden su mano desde su amorosa voz sin doctrinas ni intermediarios. Solo amor evolucionando por el ADN del Espíritu y nos muestran el idílico lugar para unas vacaciones permanentes: Dios. Es un Dios sin fronteras, no necesitamos el pasaporte de las religiones.

Si preguntan por mí podéis decir que no estoy en mí, que estoy de vacaciones en Dios, que me he enamorado, que el autobús de las mujeres místicas del medievo pasará por aquí con asientos libres, para que nadie que lo busque se quede sin viaje.

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