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Una hipoteca, el whatsapp, el DNI, el sms, la prisa. Parece todo virtual, parece una vida sin vida, una programación en la gran pantalla de los días donde apenas hay variación si cambiamos de canal. Como la tele-basura esto parece la vida-basura, con sus cinco plagas: el stress, la ansiedad, el insomnio, la depresión, la irritabilidad.

En esta vida programada ahora toca vacaciones. Ya empezamos a ver la guerra de sombrillas, las playas como las avenidas en hora punta, la virtualidad veraniega en la que estamos programados hasta para ser veraneantes.

Cada vez son más personas las que contemplan la vida desde otra perspectiva. Las que descubren el enorme potencial de saberse dentro de una prisión sin barrotes y necesitan escapar. No se trata de escapar de uno mismo, sino de liberarse de uno mismo: de colgar la mismidad de uno y de una para ser el que somos, la que somos, descodificándonos de los roles, desembarazándonos de los prejuicios, deconstruyendo las creencias, desparasitándonos de las vivencias, desengañándonos de nosotros que somos nuestros máximos engañadores.

Quizá no se atrevan muchos. Sabemos que en todos los tiempos solo se atrevieron unos pocos. Son esos pocos los que nos enseñaron el camino a las nuevas generaciones. El camino de la Vida que nos envuelve en una plenitud que no encontramos en la vida. Nos señalaron cómo atisbar la Conciencia a la que solo nos lleva el silencio de nuestra mente. Nos ayudaron a entender que entre la sed que padecemos y la abundante agua para calmarla solo se interpone la vida virtual que creamos nosotros mismos.

 

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