plenitud

 ¿Quién nos contó que la Tierra Prometida era una superficie sobre la que levantar fronteras? Y ¿quién nos dijo que el pueblo elegido era el hebreo? ¿Os imagináis a todo un Dios diciendo que elige como pueblo a los de Murcia o a los de Albacete?

No, no escuchemos más los cuentos que nos cuentan los intereses políticos, económicos, religiosos, sociales. El poder de Dios no está en lo que dicen los que pretenden interpretarlo, sino en lo más profundo de nuestros corazones. El pueblo elegido no son los ciudadanos que salieron de la ciudad de Ur en tiempos de Abraham, ni los que llegaron al Mar Rojo guiados por Moisés. El pueblo elegido, analícese desde otras perspectivas la traducción del hebreo, son los que dan el primer paso hacia la Tierra Prometida.

Y ¿cuál es la Tierra Prometida? Nada que ver con espacios exteriores ni fronteras. La Tierra prometida es un estado del ser, transpersonal y unificado, es el Reino de los Cielos que, como dijo Jesús, está entre nosotros (Lucas 17, 21).

No puede entenderse con el intelecto, por eso Jesús lo explica en parábolas: Marcos 4, 26. Se comprende sin mente porque es justo la mente y las proyecciones de las sombras las que nublan la comprensión desde el corazón.

Se llega a la Tierra Prometida separando los pensamientos, como se separaron las aguas del Mar Rojo, y es entonces cuando se vislumbra el fondo de lo Real y se siente el gozo de estar en el Reino de los Cielos.

No solo la tradición cristiana nos habla de este estado de conciencia. En otras tradiciones se le llama Faná, Satori, Tao, y algunos autores modernos lo denominan de otras maneras. Thomas Merton lo llama inconsciente transcendental y Jüng lo llamó individuación.

No es necesario practicar ninguna religión. Los místicos e iluminados han transcendido siempre los esquemas de las religiones y llena está la Historia de procesos, persecuciones y condenas. Podemos recordar a Sócrates, Pitágoras, a Jesús, a Al Hallaj. Al Reino de los Cielos llegamos con la inteligencia del corazón, pero podemos compréndelo intelectualmente desde la experiencia de otros y desde la comprensible incomprensión de la Física Cuántica.

El pasaporte es recordar quiénes somos desde la huella dactilar de nuestra filiación divina.

Hoy ya no es tan difícil de entender. Hemos empezado a caminar hacia el Homo Noeticus. Quienes den los primeros pasos serán el siempre nuevo pueblo elegido que va siguiendo las sendas en su corazón, donde están inscritas las señales de los maestros que nos iluminan a cada paso. No hay camino. Caminar hacia la tierra prometida de un nuevo estado de conciencia supone pasar de humanos a divinos en la plenitud de un Reino que, estando aquí, no es de este mundo.

 

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