LA TIERRA PROMETIDA: EL REINO DE LOS CIELOS


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 ¿Quién nos contó que la Tierra Prometida era una superficie sobre la que levantar fronteras? Y ¿quién nos dijo que el pueblo elegido era el hebreo? ¿Os imagináis a todo un Dios diciendo que elige como pueblo a los de Murcia o a los de Albacete?

No, no escuchemos más los cuentos que nos cuentan los intereses políticos, económicos, religiosos, sociales. El poder de Dios no está en lo que dicen los que pretenden interpretarlo, sino en lo más profundo de nuestros corazones. El pueblo elegido no son los ciudadanos que salieron de la ciudad de Ur en tiempos de Abraham, ni los que llegaron al Mar Rojo guiados por Moisés. El pueblo elegido, analícese desde otras perspectivas la traducción del hebreo, son los que dan el primer paso hacia la Tierra Prometida.

Y ¿cuál es la Tierra Prometida? Nada que ver con espacios exteriores ni fronteras. La Tierra prometida es un estado del ser, transpersonal y unificado, es el Reino de los Cielos que, como dijo Jesús, está entre nosotros (Lucas 17, 21).

No puede entenderse con el intelecto, por eso Jesús lo explica en parábolas: Marcos 4, 26. Se comprende sin mente porque es justo la mente y las proyecciones de las sombras las que nublan la comprensión desde el corazón.

Se llega a la Tierra Prometida separando los pensamientos, como se separaron las aguas del Mar Rojo, y es entonces cuando se vislumbra el fondo de lo Real y se siente el gozo de estar en el Reino de los Cielos.

No solo la tradición cristiana nos habla de este estado de conciencia. En otras tradiciones se le llama Faná, Satori, Tao, y algunos autores modernos lo denominan de otras maneras. Thomas Merton lo llama inconsciente transcendental y Jüng lo llamó individuación.

No es necesario practicar ninguna religión. Los místicos e iluminados han transcendido siempre los esquemas de las religiones y llena está la Historia de procesos, persecuciones y condenas. Podemos recordar a Sócrates, Pitágoras, a Jesús, a Al Hallaj. Al Reino de los Cielos llegamos con la inteligencia del corazón, pero podemos compréndelo intelectualmente desde la experiencia de otros y desde la comprensible incomprensión de la Física Cuántica.

El pasaporte es recordar quiénes somos desde la huella dactilar de nuestra filiación divina.

Hoy ya no es tan difícil de entender. Hemos empezado a caminar hacia el Homo Noeticus. Quienes den los primeros pasos serán el siempre nuevo pueblo elegido que va siguiendo las sendas en su corazón, donde están inscritas las señales de los maestros que nos iluminan a cada paso. No hay camino. Caminar hacia la tierra prometida de un nuevo estado de conciencia supone pasar de humanos a divinos en la plenitud de un Reino que, estando aquí, no es de este mundo.

 

DOS DIMENSIONES DE LO PROFUNDO

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Hablamos de lo profundo en estos tiempos cada vez más abiertos a lo espiritual como una dimensión de lo real. Anhelamos entrar a través del espejo, cada vez más desdibujados de lo que somos, pretendiendo ser tocados con una varita mágica en el corazón de Quien somos para llegar más allá del azogue, a lo profundo.

Si, Somos ESO, somos la tierra prometida cuando las aguas del mar Rojo del pensamiento se abren para que podamos huir de la esclavitud, de las plagas de nuestros pensamientos, emociones y sentimientos, esos que nos tienen dando vueltas en el sufrir, como un hámster en la rueda de su jaula. Esos que nos llevan por la vida con el piloto automático, que nos proyecta como zombis en el ayer o en el mañana, sin tiempo para que desde el Aquí y el Ahora esperemos que se abra el Mar hacia lo Profundo de la Realidad. No basta con quererlo, es verdad, pero tampoco ocurre si no estamos preparados, dispuestos, desde la inocencia del presente, a que el Milagro llegue y nos conduzca a vislumbrar la Verdad de la otra orilla.

Esta es una dimensión de lo profundo a la que nos lleva la puerta de la Gracia.

Pero hay otra: dentro del Quien soy habita el quien soy. Soy en Dios. Soy el embrión de ESO que se va gestando en el útero de esa Realidad Divina a la que nacemos en sucesivos partos a más comprensión, a más conciencia, a más profundidad, en el sublime dolor de ir desprendiéndonos de la placenta de nuestro anterior estado.

Dentro del quien soy habitan las sombras. Las sombras usurpan la casi totalidad de quien soy convirtiéndonos en un sinfín de pequeños personajes, pequeños y extraños a nosotros mismos. Vivimos mirándonos en los fragmentados espejos donde nuestras multiplicadas imágenes esconden nuestros miedos y nos identifican con todo aquello que oculta nuestra vulnerabilidad estancándonos en la charca del pasado. De lo que no acogemos de nosotros, de lo que escondemos en el inconsciente para transitar por una vida más segura y más ficticia, aunque seamos buenos y espirituales, se va elaborando el barro que enloda las aguas de nuestra alma.

Hay que drenar el quien soy, abajarnos a lo más profundo de lo escondido, al fondo de nuestro ser, llamar a las cosas por su nombre, con el corazón acogiéndonos para acoger, con el perdón perdonándonos para perdonar, amándonos para amar, limpiándonos para limpiar, con el soy vulnerable, para SER.

Deconstruirnos de creencias y actitudes, replantear hábitos y costumbres, desnudar el ser hasta que no nos afecten las vergüenzas con las que juzga la vida. Solo ser en ese espacio puro donde los fragmentos rotos del espejo se recomponen y vemos nuestros miedos, nuestra fragilidad, nuestros secretos, nuestra indigencia, que es la mayor riqueza para SER. Solo los pobres de espíritu verán a Dios.

Ir hacia lo Profundo, desnudos de nosotros, abriendo los diques de nuestra psique para que el soplo del Silencio eleve las sombras hacia la Luz de un cielo de Verdad que solo nos pide soltar lastre y atrevernos a volar.

 

LA INOCENCIA DEL PRESENTE

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LA INOCENCIA DEL PRESENTE

El presente es como la mirada de un niño, transcurre a parpadeos de transparencia, de paz, de luz.

El presente consciente no tiene miedo ni culpas, no valora ni critica, no sufre, simplemente ES.

En eso consiste la tan de moda “atención plena” . Es un estado en que la mente deja de estar programada para la lucha, el desasosiego, el victimismo, el sufrimiento que nos acarrea el traer y llevar por la mente los pensamientos y emociones conflictivos.

Vivir el presente es un estado de atención a cuanto está sucediendo en el instante: el vuelo de un pájaro, el descapotable rojo que se acaba de parar en el semáforo, el olor a hierbas que nuestra vecina deja en el ascensor, la agradable textura del café con leche haciéndose parte de nuestro organismo, la orquesta de los teclados en los ordenadores de la oficina….

Todas esas percepciones son caricias de la atención plena, del dulce presente que se abre ante nosotros con la sabiduría de un libro que se lee desde dentro, desde el interior.

La magia ocurre cuando ese estado de atención plena, de plena consciencia en el presente que acontece, se convierte en actitud.

Es esa actitud ante la vida la que nos libera de nosotros mismos, de nuestros miedos y preocupaciones porque viviendo con plena consciencia el presente, no hay lugar para que los pensamientos negativos ocupen nuestra mente que es como una pantalla donde proyectamos los miedos, los conflictos, los sufrimientos …y los habitamos y alimentamos como si alimentásemos al monstruo que nos va devorando, que se come nuestra paz y nuestra felicidad.

Ante la dificultad, ante ese momento duro que se cuela en la mente como un torbellino emocional y un parloteo incesante, abre la puerta al presente. Respíralo, obsérvalo, habítalo.

Poco a poco te llegará su inmensa sabiduría y la dulce e interior comprensión de que todo tiene un sentido que, aceptado, nos lleva a la paz y a la plenitud de una sabia inocencia. La inocencia de quien no tiene historia que le esclavice, ni rencores que lo sometan, ni juicios que alimenten la guerra de los pensamientos. La inocencia de una mente libre en el instante que acontece y que es el que convierte la vida en una oración, en la sinfonía de un Reino que no es de este mundo.

¿Qué es la vida?

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Una hipoteca, el whatsapp, el DNI, el sms, la prisa. Parece todo virtual, parece una vida sin vida, una programación en la gran pantalla de los días donde apenas hay variación si cambiamos de canal. Como la tele-basura esto parece la vida-basura, con sus cinco plagas: el stress, la ansiedad, el insomnio, la depresión, la irritabilidad.

En esta vida programada ahora toca vacaciones. Ya empezamos a ver la guerra de sombrillas, las playas como las avenidas en hora punta, la virtualidad veraniega en la que estamos programados hasta para ser veraneantes.

Cada vez son más personas las que contemplan la vida desde otra perspectiva. Las que descubren el enorme potencial de saberse dentro de una prisión sin barrotes y necesitan escapar. No se trata de escapar de uno mismo, sino de liberarse de uno mismo: de colgar la mismidad de uno y de una para ser el que somos, la que somos, descodificándonos de los roles, desembarazándonos de los prejuicios, deconstruyendo las creencias, desparasitándonos de las vivencias, desengañándonos de nosotros que somos nuestros máximos engañadores.

Quizá no se atrevan muchos. Sabemos que en todos los tiempos solo se atrevieron unos pocos. Son esos pocos los que nos enseñaron el camino a las nuevas generaciones. El camino de la Vida que nos envuelve en una plenitud que no encontramos en la vida. Nos señalaron cómo atisbar la Conciencia a la que solo nos lleva el silencio de nuestra mente. Nos ayudaron a entender que entre la sed que padecemos y la abundante agua para calmarla solo se interpone la vida virtual que creamos nosotros mismos.

 

De vacaciones del mundo con el Dios de las mujeres

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Me voy, aDios. No es una despedida, señalo el lugar al que voy: a Dios. Estoy cansada de locos matando gente en nombre de su propia barbarie, aunque digan que es en nombre de un dios que pide que mueran los infieles. ¿Quiénes son los infieles? O, mejor, ¿quiénes son los fieles, a qué, a qué dios?

No, no es ese dios mi destino. Ese está en el mundo y yo me voy de vacaciones a descansar del mundo y de sus dioses. Yo voy a Dios. Mi destino es Dios, por eso me voy a lo más puro de mi misma, al silencio sin juicios ni prejuicios, a la Realidad sin fronteras.

Llevo un libro de lectura, El Dios de las mujeres de Luisa Muraro. Y llevo también una brújula, el Libro de las visiones y revelaciones de Juliana de Norwich en la edición de María Tabuyo, y, lo confieso, estoy enamorada. Amo el Amor que late en el Jesús Madre de Juliana, amo la valentía de ser mujer a pesar de las hogueras clericales, amo la esperanza porque todo está bien y todo acabará bien, como decía Juliana en el siglo XIV.

No se puede ir mejor equipada para irse de vacaciones del mundo. El Dios de las mujeres nos adentra en la mística de ayer que es agua fresca y camino en el hoy que necesitamos reescribir.

Cuando hace un mes asistí al seminario que la teóloga Adelaide Baracco impartía sobre Juliana de Norwich en el Monasterio de Trinitarias de Suesa, no imaginé el horizonte tan luminoso que se me iba a abrir, ni que en mi interior iba a orquestarse una sinfonía de plenitud y de transgresión desde el amor, de la mano de una mística medieval.

Y aquí estoy, de vacaciones del mundo en el Dios de las mujeres, en el Dios de la mística que es paisaje de Amor y de Esperanza en una Realidad que empieza a descubrirse por encima de esta realidad entumecida de bárbaros, de dogmas, de poderes, de mentes enfermas y corazones oscuros

Las mujeres empezamos a despertar al mundo de su pesadilla. Las místicas de ayer nos tienden su mano desde su amorosa voz sin doctrinas ni intermediarios. Solo amor evolucionando por el ADN del Espíritu y nos muestran el idílico lugar para unas vacaciones permanentes: Dios. Es un Dios sin fronteras, no necesitamos el pasaporte de las religiones.

Si preguntan por mí podéis decir que no estoy en mí, que estoy de vacaciones en Dios, que me he enamorado, que el autobús de las mujeres místicas del medievo pasará por aquí con asientos libres, para que nadie que lo busque se quede sin viaje.

LEYENDO EL LIBRO “CRISTIANOS MÁS ALLÁ DE LA RELIGIÓN” DE ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO

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Hace muchos años, allá por el año 1995, hice mi primer viaje a Tierra Santa. En la nebulosa de la memoria donde se confunden recuerdos, imágenes y sensaciones, una por encima de las demás aparece nítida, se abre en lo más profundo de mi mente y de mi corazón y aún me sobrecoge cuando la recuerdo. Estaba frente al lago Tiberiades. Jesús había caminado por sus aguas casi dos mil años antes. Recordé el Evangelio de Mateo 14:28-31 cuando Pedro salió a su encuentro. Abandonando la barca y dando los primeros pasos sobre la superficie líquida del lago, tuvo miedo. En ese instante de duda, se hundió ante la mirada atenta de Jesús, que se aprestó a tenderle su mano. Suenan en mi corazón aquellas palabras: hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?

En Galilea aquel era un día plomizo de agosto. Los tonos grises y plata destilaban una extraña pesadez. El bochorno fatigaba el cuerpo, al tiempo que llenaba la vista con los destellos del sol sobre el agua, cuando se abría paso entre las nubes.

Al atardecer, desde la ventana del hotel, seguía contemplando el lago. No puedo definir cuánto tiempo estuve en ese eterno presente, hasta que atenazó todo mi ser una angustia sofocante cuando, ya caída la noche, los ojos de mi alma veían a Jesús caminando sobre las aguas arrastrando las pesadas cadenas de la religión que lo ha esclavizado. ¿Cómo es posible que de una vida tan llena de amor y de fraternidad haya podido surgir tanta vileza, tanta crueldad, tanto afán de poder, tanto asesinato en nombre de un Dios que justamente fue el que se enfrentó al Dios de la ley para ser uno más en el corazón de los hombres?

Llevo muchos años apartada de la religión, de la religión establecida, de los dogmas y doctrinas que forman las cadenas que Jesús arrastraba sobre las aguas. Y en todos estos años no he perdido ni un ápice de devoción y fraternidad con ese Jesús de Nazaret que proclamó Yo soy la verdad para abrirnos el camino y ser nosotros también verdad en la Verdad, en la Unidad, en la no-dualidad.

La espiritualidad profunda de los seres maduros necesita recuperar a Jesús de Nazaret y librarle de las cadenas con que la iglesia le tiene oprimido y secuestrado. Vivir el cristianismo de Jesús que se hace Cristo, seguir el ejemplo de cristificarnos en la unión con la Realidad desde nuestra realidad profunda, que es lo que Jesús decía cuando pronunció sed uno como el Padre y yo somos uno (Juan 10:30)

Este es el camino de la libertad en el Espíritu. El camino de una cristianía que en lo más profundo y esencial se une con lo más profundo y esencial de todas las religiones.

Cuando ayer comencé a leer Cristianos más allá de la religión de Enrique Martínez Lozano, sentí una profunda gratitud hacia el autor, quien se manifiesta a lo largo de las páginas del libro como profundo conocedor de la espiritualidad de Jesús, como conocedor del Misterio de lo Real que se va desvelando en nosotros; y que pone el acento en algo fundamental que ya dijo Simone Weil: “Lo malo del falso dios es que nos impide ver al verdadero”. Y en algo no menos fundamental que dijo Nisargadatta: “Entre usted y Dios no hay espacio para un camino”.

Es hora de comprender que somos la verdad en la Verdad, que somos el camino en el Camino, que somos en quien Es. Y ese ser en Dios no tiene un templo de piedra porque la misma vida sobrenatural en que se manifiesta es el Templo al que solo podemos entrar desde el Corazón de nuestro corazón.

 

 

 

 

DESPERTAR LA SUSTANCIA DE DIOS EN UN ESPIRITU LIBRE NO-DUAL

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¿No escucha la iglesia la voz de los nuevos tiempos? No, no escucha. Quiere seguir aferrada a los dogmas que ella ha creado, a las reglas que ella ha impuesto, a las oscuridades de los anticristos con sotana y alzacuellos.

¿Quién puede “creer” en el dios de los curas con su machismo lacerante, con su hipocresía descubierta, con sus áticos de lujo, con su banca ambrosiana, con su curia de pedófilos y con sus históricos papas aberrantes?

La esperanza de cambio llegó con este Francisco franciscano al que no le dejan llenar los nuevos tiempos con el Espíritu del que caminó sobre las aguas. Demasiado extendido está el cáncer vaticano.

¿Que ha entendido la iglesia de la vida de Jesús de Nazaret y del Evangelio de Juan? ¿Que escuchan cuando leen: Como Tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros” (San Juan 17,20-26)? Lo que han entendido es que solo puede haber una opinión, la suya, la de la iglesia. No que seamos uno en Dios, que crezcamos a más Dios en Dios, sino que acatemos con obediencia una sola opinión, la vaticana, y al que no la acate, al que vuele libre en el Espíritu de Dios, se le tacha de hereje y se acerca la cerilla a la hoguera.

¿No ven las personas de buen corazón que este teatro eclesial ya no se sostiene? ¿Debemos seguir viviendo bajo el peso de esas culpas inventadas, de esos pecados virtuales que se redimen con indulgencias que habremos de pagar para comprar, no el cielo, sino el lujo de los que prometen un cielo que desconocen?

Son nuevos los tiempos. Salgamos a la calle del Amor y del perdón. Perdón que no significa seguir aguantado la homofobia, la xenofobia, la marginación, la exclusión de la mujer. Perdón que significa acoger a los rancios recalcitrantes con una sonrisa de renovación.

Francisco abre la puerta a la reforma para que la iglesia no se quede sin iglesia y abra la puerta a la Iglesia. Que Dios le bendiga. Ojalá que su sucesor se llame Agustín y nos guie por un camino de Amor sin fronteras en el Espíritu libre de ese Dios que es Fe viva y ciencia. Ojalá que todos entendamos esas palabras de San Agustín “Ama y haz lo que quieras”. Palabras que en la común unión de todos los místicos dice también Sri Ramakrishna: “Teniendo el divino conocimiento del Advaita (la no-dualidad) haz todo lo que quieras; pues entonces serás incapaz de hacer mal alguno”.

Esa no-dualidad es la que han vivido los místicos de todos los tiempos. Ese es el sentido de Jesús cuando dice que Como Tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros”.  Ese es el único santo sacramento de la Realidad sobrenatural.

Mientras sigamos buscando a Dios en los sótanos del Vaticano, en las Reglas e identidades abstractas, en los dogmas y creencias que oscurecen la esencia con su barniz, no encontraremos nada, porque nada hay fuera de nosotros mismos y es dentro de cada uno de nosotros donde se manifiesta el vuelo de un Espíritu sabio al que debemos descubrir, porque somos eso: sustancia de Dios, manifestaciones de ese Espíritu que vuela en nosotros.

Limpiemos nuestro ser de complejos, preocupaciones, miedos y creencias. Borremos todas nuestras falsas identidades, para que comience a brillar en nosotros la sabiduría eterna en la Unidad universal de ser sustancia viva del Ser.

Queda mucho camino, es la aventura hacia una Nueva Humanidad. Quitarnos las adherencias de lo aprendido y el confort de lo conocido es difícil, pero ese es el reto de los elegidos. Ese es el primer paso del Éxodo de los nuevos tiempos: crecer en Dios, despertar a más Dios en Dios, en la espiritualidad amorosa de una Humanidad compartida, de una Humanidad humana, de una Humanidad Universal en el Espíritu libre en el que somos, nos movemos y existimos.

 

La máscara

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Cuando no se es sincero con uno mismo, no se puede ser fiel ni leal con los demás, porque no se es fiel ni leal a sí mismo. La verdad de la máscara oculta la verdad de su portador, la esconde hasta que el enmascarado se confunde con la máscara.

Ser sincero implica tener respeto hacia uno mismo con relación al respeto debido a los demás. Es abrirse con sencillez no fingida, con franqueza no elaborada. Es relacionarse cara a cara, no máscara a máscara. Es, lisa y llanamente, acoger las luces y las sombras que somos, sin recovecos en el corazón.

Solo siendo sinceros, desenmascarados del ego-personaje que representa su propio papel en la vida, podemos ser fieles. Fiel como la aguja de la balanza donde se pesan nuestros actos, nuestros miedos, nuestras culpas, nuestras sombras. Fiel que ha de señalar el equilibrio de los pesos de nuestros actos y emociones en un platillo de la balanza, mientras en el otro se depositan nuestras doctrinas y convicciones. Fiel que se inclina a un lado u otro cuando se desequilibra la verdad. Entonces llega la máscara, con la que nos engañamos, para equilibrar la partida de la culpa y del desasosiego. Pretendemos ser fieles a los demás jugando al escondite con nosotros mismos.

Solo siendo sinceros, desenmascarados del ego-personaje que representa su propio papel en la vida, podemos ser leales. Leales de palabra, de obra, de pensamiento, acuñando en el alma, con verdad, nuestros ideales, nuestros sentimientos, nuestras inquietudes.

Vamos llenando nuestra alma del tesoro anhelado sin darnos cuenta de que está mezclado con el tesoro fingido; que acuñamos moneda falsa y, en nuestra ilusión de máscara, nos parece que destella en nuestro interior el tesoro de nuestras elecciones, de nuestras doctrinas, que no son más que el latón del miedo y la arrogancia.

Somos sinceros, somos fieles, somos leales en la máscara. Llevamos al yo tan bien vestido con el disfraz correspondiente que ya es epidermis de nuestro culto, dermis de nuestra alma.

Me pregunto a quién de mí la máscara permite que viva; me pregunto qué ser de mi ser es el mago de las transformaciones; me pregunto qué miedos beatifican la sonrisa para engañar al alma santa de la realidad de la muerte y del pozo de la vida, donde vive la máscara que nos cubre.

Llevo años palpándome las aristas del gesto, de la mirada, de la sonrisa. Llevo días mirándome en los espejos de la memoria, en las diferentes estancias del recuerdo tan llenas de espejos que forman y deforman mi figura interior. Busco mis sombras, busco arrebatarle al impostor que me vive su armario de disfraces.

Un Espíritu de Verdad, Fidelidad y Lealtad abrió las puertas de la conciencia y, fugazmente, vi quien soy. Soy muerte y tránsito; soy Nada consciente; soy Vacío Vivo; soy no-Soy: ese el pánico del ser que se cree ser la identidad de su máscara. Da igual si el disfraz social es de ladrón, ejecutiva, párroco o viuda o si se combinan en las etapas de la vida las máscaras de los diferentes egos con que afrontamos la costumbre.

Da igual. Por eso solo busco la nada incipiente, el vacío naciente que se va manifestando en el funeral de las máscaras para verme en el espejo de Dios, solo ser sin ser, solo ser sin Dios, solo ser sin sombras.

 

EL VIAJE DEL HÉROE

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Hemos nacido a la vida no para vivir la vida, sino para nacer a un estado superior de conciencia. En el camino comenzamos dejando que la vida nos viva, hasta que empezamos a ser conscientes de nosotros mismos y entonces convertimos la existencia en una carrera de querer y de poder. Nos vamos reconociendo en lo que no somos, en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la comunidad. Y mientras que nos vamos reconociendo en lo que no somos, no se nos ocurre pensar Quiénes somos.

Siempre el héroe parte de un lugar, pero ¿hacia dónde? Si nos damos cuenta el héroe vuelve a lo largo de muchas peripecias al mismo lugar del que ha partido. Y ¿por qué?

Pensemos en uno de los héroes más grandes que ha pervivido a lo largo de la historia: Ulises. Parte de la isla de Itaca y a Itaca regresa. Pero el héroe que partió era un ser en un estado determinado de conciencia. En el camino fue venciendo los obstáculos con astucia y valentía. Ambas cualidades le vistieron al pasar por la isla de las sirenas. Sabía que su canto haría estrellarse la nave contra las rocas. Las sirenas, cuyas voces eran la ilusión de aquello que pretendemos, de aquello que deseamos y que cuando no sabemos que ese deseo es una ficción nos estrella contra las rocas de la existencia.

El Ulises que partió de Itaca era un hombre, el Ulises que regresó a Itaca era un héroe. El viaje fue un camino de iniciación que, cumplido, permitió al héroe hacer del lugar de origen el lugar de destino, pero desde un estado superior de conciencia.

Los viajes del héroe son una constante en todas las tradiciones, en sus cosmogonías y en sus mitos. Desde la cosmogonía y los mitos han penetrado en las religiones. El vuelo libre del héroe ha sido muchas veces dogmatizado y, por tanto, ensombrecido. No debemos quedarnos con una sola de las interpretaciones. Volver a leer los mitos y leyendas, incluso los cuentos infantiles, es abrir la ventana a la posibilidad de entenderlos desde otra estructura, desde el piso superior de nuestra mente hacia el ático de nuestra alma. A medida que vayamos haciendo nosotros el viaje iremos entendiendo con más comprensión el viaje de los héroes. No nos importe si no vislumbramos todo el potencial de sabiduría. Disponer nuestra alma a la comprensión es empezar ya a ver clarear los primeros rayos del sol en el horizonte de nuestra conciencia.

TIEMPO Y ESPACIO PARA SER

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¿Qué se entiende si decimos que necesitamos tiempo y espacio para ser? Nada, no se entiende nada y, lo que es peor, se malinterpreta. Quitarle tiempo al tiempo de estar con los amigos, en las tertulias, en los encuentros en la escalera o en el paseo, parece un gesto de egoísmo, de rareza, casi de hostilidad o de falta de sociabilidad.

Y no es eso, más bien todo lo contrario. No es lo mismo el egoísmo que el abismarse. Lo primero es ser centro, vertebrar el mundo con nuestra visión, encerrar los comportamientos y las actitudes en la cárcel de nuestro juicio. Lo segundo es olvido de sí, introspección, búsqueda, es apertura del sí mismo a SI MISMO.

Cuando alguien reclama nuestra presencia podemos decir que nos resulta imposible ir o estar porque hay alguien cercano enfermo, porque nos espera la suegra, porque estamos a tope de trabajo. Estas disculpas son entendidas y aceptadas con condescendencia y simpatía. Sin embargo, si decimos a ese alguien que reclama nuestra presencia que no podemos estar o atenderle en ese momento porque estamos a tope de ruido, a falta de silencio interior, a expensas de aquietarnos, necesitados de cura contemplativa o de soledad sanadora, entonces no se nos entiende, se nos tilda de raros o de insociables, aunque llevemos dibujada en la cara la sonrisa del corazón. Algunos más osados o perspicaces conciben esta interioridad como cosa de monjas, frailes o eremitas y se preguntan sarcásticos para qué sirve ser contemplativa.

No se entiende el lenguaje de la espiritualidad, a lo más se la relega a un monasterio o a un credo. Pero sí se entiende el lenguaje de estar desquiciado, grillado, angustiado, estresado, temeroso, inquieto, desasosegado…, lenguaje de lo cotidiano exterior.

El lenguaje de la espiritualidad es el de ese hombre/mujer interior que crece en lo más profundo cuando se distancia de lo externo, de las máscaras y del ruido. Ese hombre/mujer interior que no pugna por el espacio de otros, sino que reivindica el de su propia interioridad; que no exige el tiempo de otros, sino que busca que el tiempo del reloj sea el del corazón marcando el sereno ritmo del Amor y de la vida que fluye libre de nosotros para ser en nosotros Vida. Dejar de ser autómatas para ser artesanos de nosotros mismos, utilizando las coordenadas del tiempo y del espacio para reconstruirnos el ser que la prisa y la intemperie, a la que estamos sometidos, ha ido derruyendo.

Nunca es tarde para reivindicar el momento de sernos, de observarnos respirar el aire de los bosques que nos sacraliza con texturas y sonidos, o el de las montañas que nos transparenta de paisaje, o el del mar que nos amplía de horizonte. Nunca es tarde para sentir la vida como un santuario que requiere de tiempos y espacios para sentirla dentro y fuera de nosotros.

Tiempos y espacios para sentir la melodía de la sangre sin coágulos ni arritmias anímicos en el Grial de lo cotidiano. Tiempo y espacio para ser con nosotros sin nosotros, sin ruido ni preocupaciones, para escuchar y ver los pasos que aún no hemos dado, mientras dejamos que nos ande el Camino.